EL TIEMPO SILENTE

Por: Astrid Saldarriaga Velásquez

Crónica ganadora de la convocatoria 2020 Estímulos especiales, Unidos por la vida, Gobernación de Antioquia.

Todavía no me he acostumbrado al bullicio… A ese provocado por los miles de turistas que a diario llegan a Guatapé, los escucho desde mi casa con gruesas paredes de tapia. Si mi casa pudiera hablar, ¿Qué diría? 200 años de construida, lo ha visto todo en Guatapé; pero de seguro no una pandemia como estas, monitoreada segundo a segundo por miles de radares, canales de televisión, noticias falsas en internet y miles de tuits por segundos que alertan que esta pandemia es peor que la gripe Española que mató a tantos y que de seguro también la vio pasar mi casa.  

Desde la montaña en donde está construida, he podido ver cómo Guatapé ha cambiado, he visto la angustia que se esparce en el aire por la violencia; pero también he visto los atardeceres con arreboles que tantas veces he fotografiado y me llenan de esperanza y ganas de vivir, la pandemia todo lo ha cambiado, me asomo al corredor desde donde también puedo ver la piedra, las casas, y algunas calles; pero ahora no veo gente, carros, ni motos, ahora solo hay caballos que deambulan por todo el pueblo y que aprovechan la soledad y la ausencia de agua para ser libres como siempre tuvieron que ser, tal vez pienso que ellos disfrutan no tener que cargar en su lomo a turistas perezosos que quieren dar un paseo a costa de sufrimiento.    

Guatapé o por lo menos el que conocí en mi infancia y adolescencia era otro, pocos habitantes, todos conocidos, nos saludábamos con nombres propios en las calles o en su defecto con apodos, que a veces eran más recordados y de mejor referencia que el propio nombre, era un pueblo tranquilo con casas pintadas a dos colores, silencioso como las aguas oscuras de su más reciente vecino: el embalse Peñol – Guatapé.

Ya estábamos entendiendo eso que decían por ahí de que “la vida da muchas vueltas”, un año no teníamos agua y al otro era nuestra vecina, habíamos empezado a entender las nuevas dinámicas sociales y culturales del nuevo Guatapé con agua, cuando llegó la tan mencionada violencia y quedamos en medio del conflicto cercados por el miedo, las granadas y el plomo de los paracos, la guerrilla y el ejército (como le sucedió a casi todo el país). Otra vez estábamos aprendiendo algo nuevo como territorio, aunque la sensación era casi la misma que cuando llegó el agua del embalse, andábamos con la cabeza agachada y la mirada triste, nos encerrábamos  a las seis de la tarde cuando las camionetas con vidrios polarizados pasaban inspeccionando el pueblo y citando a los jóvenes que estuviéramos en la calle a una reunión informativa con el comandante del Bloque Metro de las Autodefensas para comunicar las nuevas “normas de  convivencia”. A la reunión íbamos pocos, por lo menos, los que quedamos en Guatapé, los demás ya se habían ido con sus familias a Medellín ante las amenazas de muerte.

La citación era en la escuela de música y desde el quicio de la puerta se podía ver a un hombre robusto que más bien parecía hinchado, con sombrero vaquero, botas de cuero, poncho que usaba para secarse el sudor, cinturón con armas de fuego de todos los calibres y hasta dos granadas. Hablaba en tono bajo tratando de cuidar la voz que le quedaba de tantos gritos que les “metía” a su muchachos, media unos 1,65 cm y casi toda su altura era solo maldad, de él se escuchaban toda clase de atrocidades, estaba escoltado por diez o tal vez doce muchachos forasteros que no pasaban de los treinta años, pero sus rostros ennegrecidos, manos gruesas, y un poco de arrugas que enmarcaban unos ojos con ausencia de brillo los hacía parecer de más edad. Nunca más después de esa reunión pudimos usar gabanes, ropa negra, pelo largo, rastas, ni mucho menos podíamos hacer reuniones de amigos con guitarra, vino cherry y halls, todo eso era sinónimo de drogadicción para los paracos, igual que pensar diferentes al sistema, las lecturas de poesía en voz alta y las reuniones de veeduría ciudadana, habíamos aprendido mucho sobre la guerra y olvidamos quienes éramos, Yo tenía 17 años; pero contrario a lo que dicen sobre la juventud no me quería “comer el mundo” estaba llena de miedo y zozobra. Y si lo pienso bien, creo que en estos días vuelvo a sentirme así, solo que ahora le tengo miedo a no lavarme las manos cada media hora, salir a comprar las arepas al pueblo y contagiarme del virus.

Con la llegada de la seguridad democrática, como nombraron al proceso de paz con los paramilitares, tuvimos que volver a aprender que ya éramos otros, volvimos a levantar la cabeza y a hacer balance de lo que nos había dejado los años de una violencia que no entendimos… ¿A quién mataron? ¿A quién desaparecieron? ¿Quién fue desplazado? ¿A quién le quitaron su casa?  Y así, un cúmulo de situaciones que hubo que mirar, luego de una guerra que, por lo menos aquí, parecía había terminado.

Casi veinte años pasaron para que Colombia empezará a salir de las indecorosas listas de países peligrosos para visitar; pero algunos arriesgados turistas llegaron, ya se podía transitar por las carreteras. El embalse y la Piedra, ofrecían un renacimiento para los guatapenses, ya habíamos olvidado empuñar el azadón, la pica y la pala. La albañilería, la agricultura y la pesca solo se veía en los escasos programas de tv que pasaban por los canales nacionales, porque el pueblo entró en una especie de agujero en el tiempo en el que todo se paralizó y nadie podía salir a desempeñar las labores que por años fueron la costumbre, así estamos hoy, y es lo mismo, creo que nuevamente vamos a olvidar empuñar las herramientas luego de 32 días de encierro que ya parecen 40. 

Era un pueblo pequeño, bueno, aún lo sigue siendo, sólo que a principios del siglo XXI Guatapé creció en edificios con fachadas desiguales, puertas, ventanas metálicas y vidrieras polarizadas, en una mezcla que va desde el Art Nouveau, Art Déco, estilo medieval y un poco de paisa, toda en una sola estructura, y como en un desafío a toda la tristeza, se empezaron a pintar las fachadas de las casas de colores, se esculpieron los frontis con escudos, alegorías a los oficios y apodos, figuras geométricas y pedazos de la historia del pueblo, como pequeñas obras de arte que dan la bienvenida a todos los que pasean por las calles, a esto le llamamos zócalos y tal vez estos elementos y la mezcla de colores le devolvió al pueblo un poco de ganas de vivir después de años de zozobra.

Se construyeron apartamentos y restaurantes, esto ya era otra cosa… Los turistas en su gran mayoría colombianos, se anunciaban desde donde se comienza a ver la Piedra, con las ventanas de sus carros abajo y los vallenatos a todo volumen, los buses escalera pasaban para el río El Bizcocho de San Rafael con la música guasca cantada al unísono por sus ocupantes, tirando papeles por las ventanas y regateando los precios de las empanadas y los almuerzos. Era un turismo que no dejaba mucha plata y que poco encantaba; pero era lo que había, era la oportunidad de un desquite a la economía tan atropellada que dejaron años de violencia.

El crecimiento también se hizo hacia el campo, le arrebataron a los bosques sus árboles, muchos de ellos nativos y endémicos y en cambio construyeron lujosas casas que bien podrían salir en revistas de arquitectura, con jacuzzis en el deck, chimeneas con inteligencia artificial y bombillas que se prenden con sensores de voz y movimiento, portería 24 horas y playas artificiales, como en un desafío a la Finca la Manuela antigua propiedad Pablo Escobar, la más moderna y lujosa de toda la zona de embalses. Y al lado de estas mansiones; permanecen en pie de lucha los corredores amplios en los exteriores de las casas, las puertas de madera talladas a mano, pintadas en dos tonos casi siempre rojas o cafés con cocinas de leña ennegrecidas de tanto soplar candela, grandes cajoneras de madera para almacenar los granos de maíz y frijoles de las cosechas que se cultivaban en las huertas en las que también se había plátano, yuca y caña.

Pocos años pasaron para ver las calles del pueblo repletas de turistas “gringos” (como les decimos en Colombia a cualquiera que hable otro idioma diferente al español), además, de los nacionales que ya llegaban. Los moto-ratones, (motos con carrocería), importados de la India se adaptaron al territorio, su pálido color blanco fue la base para dibujar figuras geométricas pintadas con colores contrastados, instalar capacete de madera para montar las maletas de los turistas, luces multicolor, aviso delantero casi siempre anunciando “Guatapé” y en el vidrio trasero la foto o pintura de su familia, la Piedra o el embalse, un carro de escalera en versión miniatura, el nuevo recurso del rebusque para los guatapenses.

Estábamos creciendo de manera desbordada y cualquier negocio u oficio enfocado en el turismo era una “minita de oro”, así empezaron oficios como los de “jalador” (persona que se para en la puerta del restaurante para ofrecer los platos del menú), choferes de yates de lujo y ayudante de lancha. La economía se dinamizaba y casi todos teníamos algo que ver con los turistas que se bajaban cada media hora de los buses atestados, en su mayoría de monos altos, con ojos azules de chanclas tres puntadas o tenis, shorts, camisillas, algunos con morrales que superaban su altura y sombreros vueltiaos de fabricación China, a esos les decían despectivamente mochileros, venían atraídos por la roca como la llaman ellos; se quedaban en promedio una noche y como la mayoría de los viajeros, estaban encantados de recorrer las calles con pinturas en las fachadas y la explosión de colores que irradiaba felicidad.

Ya éramos nuevamente otros, no tan conocidos, más cosmopolitas e internacionales, los tours de las “motochivas” se hacían en inglés, los menús de los restaurantes escritos en dos idiomas: inglés y español por si acaso, la sazón mejoró notablemente y pasamos del sancocho trifásico y la trucha a la plancha, a los crepes del señor francés que se mudó a vivir a Guatapé, teníamos restaurantes de cocina italiana, hindú, vegana, venezolana y hasta chipriota, era un mix de culturas revueltas entre acentos, atuendos y costumbres tan variados como los zócalos y los colores de Guatapé.

Había ruido, pasaban los carros, las motos, las chivas, los buses llenos de gente, interrumpiendo la ya escasa tranquilidad que nos quedaba y rápidamente vimos cómo ese pueblo que tanto amábamos ya no era nuestro. Era del señor de Medellín que compró un bosque y lo volvió parcela, del estadounidense que compró una casa y la volvió hostal, de la familia que venía de paseo en busca de fotos para chicanear en Instagram y Facebook, era de todos, y de nadie.

Había plata, prosperidad, todos trabajábamos con el turismo en una especie de dicotomía, añoramos la tranquilidad; pero disfrutamos la plata que nos quedaba los domingos a las seis de la tarde cuando todo se calmaba y el último bus se iba repleto de gente para Medellín, a esa hora salíamos a recorrer el pueblo para sentir que todavía nos pertenecía luego de tanto alboroto. Cada día llegaban más y más buses con excursiones nacionales e internacionales, no había tiempo libre, el comercio no cerraba los miércoles, día institucionalizado para descansar, todo se iba de largo mientras la plata que casi todo lo compra también compraba nuestros miércoles de descanso.

Nada nos podía parar de nuevo, ni siquiera las aguas del embalse que se iban yendo del malecón como pasó once años atrás; pero en esa época no importaba tanto, igual estábamos bañados por una violencia brutal que no dejaba sentir lo que era estar sin agua de nuevo. 

Ahora solo queda el fino hilo de agua de la quebrada La Ceja que serpentea desde el alto del páramo, lugar donde nace, y bordeando el malecón se pierde en el embalse, que está casi tan lejos como el final de esta cuarentena, ya no da el acostumbrado reflejo del sol en el agua, porque ya no hay agua. Como dice la canción de Fiol: “y como la marea todo viene y se va”. Todo iba bien, aunque fuera sin embalse; Pero una pandemia provocada por un murciélago dicen las noticias, producida en un laboratorio dicen los especuladores, una nueva guerra fría dicen los otros, y al final nadie sabe nada y todos ahora somos epidemiólogos con estudios en Wikipedia. Guatapé nuevamente entró en un agujero negro, el tiempo se congeló, ni en los días de más desesperación por la bulla de la gente y los carros  hubiera podido creer que el pueblo que siempre estaba lleno de gente, con música a alto volumen, caravanas interminables, estaría cerrado, con una frontera administrada por un puesto de control militar, al estilo checkpoint Charlie, impidiendo que los turistas entren a pasar la cuarentena en sus fincas de recreo y nos traigan el tal virus que nos quiere matar.

¿Qué día es hoy? de repente siento que todos los días son martes, viernes o domingo, ya no le presto atención a la hora, ya no tengo afán de levantarme, dormir o comer, ya Guatapé y yo volvimos a ser otros, sin afanes, ya la piedra no tiene el acostumbrado trancón en la entrada que colapsa a todo el pueblo, ni las luces que iluminan unas escaleras que nadie puede subir después de las seis de la tarde, cuando todo vuelve a calmarse, es como si de repente se abrió un portal para viajar en el tiempo y me acuerdo del Guatapé de 1990, todos encerrados, con miedo y escuchando noticias sobre la muerte que se acercaba cada vez más.

Las sombras que proyectan las sombrillas en la plazoleta del zócalo chilinguean sin nadie que las inmortalice en una de las miles de fotografías que a diario se tomaban allí, ahora los perros sin hogar reclaman como suyas las calles y duermen en medio de estas, restaurantes, venteros ambulantes y “jaladores” ya no están más, los nuevos emprendimientos del parque, los toldos de artesanías de toda la vida ahora están cerrados, paradójicamente este es el mejor momento para disfrutar de todo el colorido del pueblo, ahora sí se pueden tomar fotos sin que nadie se atraviese en ellas,  desde la vista que ofrece mi casa en la montaña no veo a la gente como hormigas caminando por el nuevo malecón que luce frío, a la espera de ser ocupado nuevamente, ya no hay venta de mazorcas, obleas, ni empanadas. Desde mi montaña en las afueras del pueblo solo escucho el sonido de las guacharacas, las conversaciones de mi vecina con su esposo que al igual que en mi casa, suenan angustiados por esta situación.

Solo que ahora nos escondemos en nuestras casas de un “enemigo” que no tiene cuerpo ni alma, color, ni forma, y a la espera de reactivar la economía toda dependiente del turismo, algo que parece más muerto que los cuerpos de las víctimas de esta pandemia que tiran al mar en países en vía de desarrollo o entierran en fosas comunes en países de primer mundo.

El corredor grande de mi casa, su cocina de leña, el cajón de los granos y la huerta están vacíos, aquí funcionaba un hostal, no iba a quedarme atrás en la mina de oro que prometía el full color de las calles de Guatapé, ahora y para mi sorpresa añoro las noches estrelladas de fogata, vino y masmelos, acompañada por visitantes de todas las nacionalidades, añoro ver la cocina habitada, las conversaciones en inglés, italiano y francés, añoro los mochileros buena onda que llegaban sin más pretensiones que ser felices recorriendo un país tan diverso y enigmático como este, añoro los alegatos que le daba a mi perro que quería morder a los viajeros; porque ese nunca se acostumbró a ellos, al igual que yo no me había acostumbrado al bullicio y ahora al tiempo silente.

Puente sobre la Quebrada La ceja, Guatapé
Calle de la Plazoleta Bicentenario, o plazoleta de los zócalos.
Caballos usados para alquiler, ahora en tiempos de Covid deambulan libres por el embalse Peñol-Guatapé.

4 Comentarios Agrega el tuyo

  1. Gabriela dice:

    Me encantó…y mucho más saber cosas que ni sabía porq desde los 15 años ya no estaba allí en presencia pero si de corazón.
    Muchas felicidades Astrid una relato muy bonito lleno de muchas verdades y recuerdos.

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  2. Maria Antonia Velez Alvarez dice:

    Sucede que en dos años y 6 meses eres parte de Toda una historia y de Nada.

    Sucede que algún día en los 90 siendo niña subí a la Piedra creyendo que era un meteorito que callo a la tierra.

    Sucede que un día regrese cargada de trajes blancos y negros y globos rojos a Ser parte de un carnaval que disfrutaban más los turistas que yo misma.

    Sucede que la mujer de Bares con sillas hechas en stivas, mesas de barriles, cerveza y clásicos noventeros de rock, bailo reggeton en la esquina más oscura de una Discoteca de Guatapé “scape”tomando ron mientras abrazaba al” Master”

    Sucede que pase de ser una turista Poco frecuente a tener una casa donde hospedarme, su dueña una profesora reconocida ya jubilada, quien había dado vida al Hombre que hasta allí mi deseo seguía.

    Sucede que mientras de partía una bebida en una mesa del parque acompañada del “Máster”vi pasar un referente de mujer Llamada Emprendedora por la Gobernación de Antioquia, ella alta con buso de lana, sus perros Fieles y silenciosos a su lado, yo con pinta cómoda de turista marcando mi delgada y menuda figura.
    -Hola. No te Vi… No sabia con que “Grillis” andaba el “Máster”
    Silencio…
    Paso el tiempo, los eventos, las sopas de Doña R el Baile, los temas cales y la fecundación, llegó la finquita en quebrada arriba la de Don Manuel el “Marrano”.
    Silencio…

    Sucede que desde aquel entonces hasta hoy he visto el paisaje fundirse en el silencio, la represa cecarce sin medida, litros de alcohol que se esparcen como pequeña lluvia sobre toda superfie, ropa, manos, cuerpo cara.

    Sucede que veo como crece mi vientre sin medida y voy día a día comparadolo con la sutileza Y misticismo excesivo que tiene la Piedra.
    Desde allí desde Quebrada arriba la observó.

    Sucede que me pregunto – ¿Que abra dentro de la piedra? energía galáctica y circundante, oscuridad y sosobra ?
    Sucede que me pregunto – ¿Que abra dentro de mí vientre Gestante ? Energía galáctica y circundante, oscuridad y sosobra,
    Una Amelia.
    Una Amelia concebida en la pandemia.

    Sucede que Lejos de mí pueblo y dentro de él de Ellos… Vivo un embarazo que me Sorprendió como el Covid 19.

    Sucede que en este “Silente” pueblo de Guatapé Donde “La Flaca” creció en la famosa casa de las “Guacamayas” halla Arriba en la virgen, cuando termina el puente, donde hay fuego, pencas y extranjeros, monedas en el piso para la Abundancia y camas con plástico en el colchón para pasar los registros sanitarios… Vive ella, la cálida y condundente mujer que siempre me impresiona e inspira.
    Tambien llamada Elena….
    Mi admiración para usted señorita.

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  3. Mariela rada hortua dice:

    Muy lindo Astrid me gusto muchísimo y como mucha gente que paso x Guatape yo soy una de ellas y en mi corazón siempre llevare ese recuerdo del pueblo mas lindo y colorido con personas como tu que me acogieron y entendí el sentido de pertenencia del pueblo como buenos pausas mil felicitaciones

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  4. Robinson Miranda Ríos dice:

    Excelente, me gustó mucho, lo lleva a uno en un viaje que quisiera seguir, la historia tiene una trama que te envuelve y de la cual no quieres salir.

    Felicitaciones Astrid por dedicar tú tiempo a relatar la historia de nuestro pueblo…….

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